Celdas solitarias, la legitimación de la tortura

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En 1973 la justicia estadounidense condenó nuevamente a Albert Woodfox, Herman Wallace y Robert King, presos afroamericanos, por unos confusos homicidios cometidos dentro de la prisión. Los tres fueron encerrados en celdas solitarias después de una huelga de hambre iniciada por ellos mismos en protesta por las condiciones carcelarias en las alegres facilidades de la Louisiana State Penitentiary. Más conocida como “Angola”, o “la Alcatraz del Sur”, es la prisión de máxima seguridad más grande del suelo norteamericano (de la modalidad “prison farm”, colonia penal de trabajos forzados). Allí conviven alrededor de 6300 internos y 1800 empleados en una superficie de 7184 hectáreas. “Angola” fue antes (y no quizá casualmente) una plantación de esclavos.

El confinamiento solitario para estos tres muchachos, que habían militado en las Panteras Negras, se cumplió desde entonces en celdas individuales de un metro ochenta de ancho, dos setenta de largo y sin ventanas. Estaban completamente solos veintitrés horas por día. Cada celda (de aquí en adelante simplemente “caja”), equipada con una cama de cemento, un inodoro y un lavabo. Ah, y con la luz fluorescente o de neón encendida 24 horas al día, 7 días a la semana, que se contrapone según la modalidad con los mismos períodos en la más completa oscuridad.

El confinado (generalmente desnudo, dado que sólo se le permite conservar su ropa interior) no oye más sonido que la propia respiración, el latir de su corazón y los consejos de la incipiente y propia locura. Y lo peor, sin contacto humano alguno, físico o verbal, a veces sin hablar con nadie durante meses. No hay visitas familiares: los parientes, en las raras ocasiones en que se les permite, miran a través de un vidrio a prueba de balas en la doble puerta de acero.

No hay conciencia temporal, ni del día, la noche, el frío o el calor. Los padecimientos físicos (visuales, auditivos, musculares) se mezclan con la más absoluta de las incertidumbres: no saben si lo que pasa es una hora, un día, un mes, o una vida. Nadie escuchará ni atenderá los recurrentes ataques de pánico o el simple pedido de un libro. Y lo que escucha el preso luego de algún tiempo (mesurable sólo desde afuera) ya ni siquiera es real: la música monótona del fluorescente, la sirena para el aviso de que se recibió la comida o que se abrió la puerta, los fantasmas. Todo es lo mismo. La ira, la indiferencia, la ansiedad, las pesadillas.

Según los mismos internos de estas celdas de confinamiento (80% afroamericanos o latinos, y 60% con enfermedades mentales previas), las paredes incluso parecieran achicarse todavía más. La desorientación sobrevive luego a la libertad, si es que ésta llega. La mente es un caos, la anarquía intelectual oscila entre la euforia, la depresión, la duda, la esperanza, el especulativo deseo suicida. La fe (si la había) se convierte en desesperación. La capacidad de asombro, en resignación.

Sabemos que la “death row” o espera de “pena” de muerte (la muerte no es una “pena” en realidad, la anulación y desconocimiento de la condición de sujeto de derecho a una persona jamás puede ser una pena), es en sí una tortura inimaginable para un ser humano cualquiera. Ahora bien, también es extremadamente difícil de figurarse la locura, suplicio y martirio que implica encerrar personas por décadas en una caja. El condenado a muerte sabe que alguien terminará con su vida, y conserva el instinto de supervivencia y las ganas de ser libre hasta el día final. El confinado en soledad desea morir: no tiene ningún medio para ello salvo esperar eternamente a su muerte natural, abstraído y aburrido de toda realidad. Nunca más aplicable aquella noción popular de lo que dura la estadía en el infierno: el reloj es un pajarito que recoge un grano de arena cada mil años en un desierto.

Comprendamos el vacío, la soledad, el desierto del espíritu en esa caja. Llega un momento en que el preso no sabe si está preso, si sueña, si vive o está muerto. Y el plazo de este “experimento” no finaliza nunca. Los intervinientes desean mantener perpetuamente el estado de “superposición” del preso. No les interesa ni les incomoda saber si está vivo o muerto, si duerme o está despierto, si existe o no. Todavía más: creen que esa incertidumbre es justicia.

El ser humano es social. Sin los demás deja de serlo tarde o temprano. Amnistía Internacional intervino en el tema (las Naciones Unidas ya habían antes dictaminado que el confinamiento solitario es tortura), pero nunca pudo disuadir al sistema penal de Louisiana. Un estado sureño y simbólico si los hay, quizá tan o más “conservador” (eufemismo: guiño, guiño) que el mismísimo estado de Texas. No nos detendremos en lo inhumano de estas condiciones a nivel biológico, ni de cuestiones sociológicas de tipo segregacional o racial, ni en perspectivas abolicionistas a las que por supuesto adherimos (ningún encierro jamás enseñó nada a nadie). Acá el tema es la estupefacción que da saber que esto todavía existe como pena “legal” en algunos países inclusive latinoamericanos: la lisa, llana, inexcusable y alegre legitimación de la tortura. Ochenta mil personas sufren hoy algún tipo de aislamiento carcelario sólo en Estados Unidos.

De aquellos tres jóvenes afroamericanos confinados por más de cuarenta años a pasar su completa existencia en una caja, Robert King salió en 2001. La justicia le revocó la condena y desde entonces denunció la situación. Herman Wallace murió unos días después de ser liberado en octubre de 2013, a los 71 años, con la oscura ironía poética que ello supone.

Albert Woodfox todavía sigue allí. Nadie sabe si está vivo o muerto dentro de esa caja, aunque sus signos vitales digan otra cosa. Existe una superposición cuántica entre su alma y mente: entre su sanidad y locura, sueños y pesadillas, luces zumbantes y perpetua oscuridad. Los “observadores” de este experimento (desde los guardias hasta los legisladores y lectores de estas noticias) ni siquiera lo ven desde afuera: nadie se animó a interrumpir esa superposición de muerte en vida, o vida en una agónica muerte continuada, para construir la realidad y terminar con la incertidumbre, para la que ni siquiera hay veneno que valga.

Posdata: recomendamos (en inglés):

www.angola3.org (página oficial del Angola 3)

www.solitarywatch.com (organismo asesorado por Robert King)

www.youtube.com/watch?v=iLhPLvCscx8#t=19 (video testimonial)

Fuente: Cosecha Roja

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